Un cuento

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Una joven avestruz llegó ilusionada a la laguna, llevaba toda su vida preparándose para ese momento. Sin embargo, apenas había comenzado a disfrutar de esa situación, fruto de tantos esfuerzos, cuando un macaco, revestido de una arrogancia que no hacía sino ocultar sus flaquezas, salió a su encuentro y le explicó que su lugar no estaba junto aquellas orillas donde el agua fresca bañaba sus patas y podía correr libremente, sino detrás de un gran árbol, desde el cual sólo podía soñar aquella profundidad. Cada día, debía conformarse con observar como un montón de culebras enredadas entre si, ocupadas en trasmitirse su veneno mutuamente, habían olvidado que tan sólo un poco más allá permanecía a su alcance, olvidada, aquella laguna purificadora. La avestruz descubrió también que desde aquel árbol, del cual no se le permitía ir más allá, la miraba cada día una vieja hiena. Los primeros días la hiena se reía y le contaba con fingida amabilidad que mientras adoptase una actitud servil y sumisa con el mono todo iría bien. Sin embargo, la avestruz siguió los impulsos de su naturaleza y, ante la imposibilidad de perderse entre la belleza de aquellas aguas, prefería limitarse a esconder la cabeza bajo tierra mientras permanecía junto al árbol, las culebras y la hiena. La hiena, sedienta de las alabanzas de las que se creía merecedora por sus sabios consejos y, viéndose majestuosa como un león, cuando sólo era un vulgar carroñero, se fue consumiendo por la ira, y cada día que pasaba alimentaba su rencor azuzando al mono y a algunas de las culebras contra aquella desagradecida emplumada que permanecía allí inmóvil, ensimismada, fiel a los principios que su corazón le dictaba.
La avestruz se sentía confusa y fue en busca de su amigo el oso, pero los osos son animales fuertes y resuelven solos sus problemas, así que no comprendía la debilidad de aquella ave insegura. Todo lo que podía hacer por ella era ofrecerle un poco de miel en forma de férreo abrazo. Luego, el plantígrado se retiró a seguir rascándose la espalda contra su árbol favorito. Entonces, nuestra amiga decidió regresar al nido, buscando a sus semejantes, pero lo encontró vacío.
¡Ay!, le hubiese gustado meterse de nuevo en su viejo cascarón y permanecer protegida en su interior el resto de sus días. Sin embargo, había que llegar a una determinación. Primero, se le ocurrió que podía afilar su pico como si se tratase de las zarpas de un tigre y arremeter contra la hiena si esta volvía a importunarla. Luego, pensó que, tal vez, sería mejor convertirse en otro ser rastrero que va riendo a todas horas las gracias de quienes le tiran las sobras, y deshacerse en agasajos y simuladas simpatías con la vieja hiena. Pero, no, la decisión era firme y no volvería a pensar en ello, simplemente seguiría siendo avestruz, respetando a los demás animales y tratando de comprender que la naturaleza de estos era distinta a la suya aunque ellos fueran incapaces de tolerar otros patrones de conducta... con todas sus consecuencias. Este cuento me lo envío ayer un amigo, me pidió que lo publicará y que no dijera su nombre, y yo cumplo, porque para eso están los amigos. Son las once y media de la noche. No llueve en Madrid y la temperatura exterior es de 18 grados. Ante todo mucho ánimo, que decía mi abuela.

28-09-05.

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Autor: luis

Querida Marta, gracias por publicar mi cuento, y gracias por tu email animandome a escribir, creo que voy a abrir un blog, como el tuyo para escribir mis cosas, eres un tia grande que sabes escuchar y eso me esta ayudando mucho en estos momentos que estoy pasando tan duros, gracias amiga.

Fecha: 28/09/2005 23:43.


Autor: cimas

estupendo cuento, siempre me gustaron las avestruces, se parecen un poco a mi ¿a que si?

Fecha: 29/09/2005 10:53.


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