El cuento del aguilucho

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Tenía el pelo corto y bien dibujado, de color negro. De facciones delgadas con finas manos y mirada de águila, tal vez más bien de aguilucho. Llego resuelto, rápido, ufano, se sentó en mi silla y empezó a teclear en mi ordenador, sin apenas mirarme. No debía tener más allá de 24 años, pero creo que pertenece a los que yo llamo los “apretaos” –no es despectivo, ni mucho menos-.   Vino como vienen todos, empujando, enmendando la plana, con los codos hacia fuera, y también con el estomago encogido por la prisa. Son los hijos de la urgencia, del éxito, del “mejor hoy, puede que mañana no exista”. Los he visto llegar así a cientos en muchos trabajos, tienen un año o dos para demostrar que son mejor que nadie, a golpe de 600 euros al mes, y con la zanahoria de “si lo haces bien, si eres el mejor, el mejor hijo, tal vez podrás quedarte” y llegar a ganar ese preciado premio de los  1000  euros mensuales. Me quiso dar una lección de vida, de experiencia, pero yo no tomo lecciones de menores de 35 años, porque puede que solo se sepan la teoría, pero no saben la practica. La verdad es que no importa, ellos, no tienen la culpa, los están haciendo así, los estamos haciendo así, porque el que este libre de pecado que tire la primera piedra. Nos ven como sus enemigos potenciales y a la vez copian todos nuestros defectos. Somos  algo que hay que quitar de en medio, pero no saben que la edad no solo da más sabiduría, sino que también te llena de otras dosis, de más piedad, de más tolerancia, de más comprensión y  de más buenos sentimientos, aunque por supuesto siempre hay excepciones. Son peores enemigos, para ellos, los de su quinta, aunque creo que no lo saben. Si  esa generación de la calefacción central y el mando a distancia, a los que lo único que le importa es llegar deprisa a esos 1000 euros, para poder hipotecarse y empezar a deberlos a un banco.

 

Después cuando el chico del pelo corto, las manos largas y la mirada de aguilucho se hubo marchado, me telefoneo una de sus compañeras,-fue rápida, vive Dios- para “advertirme” del muchacho. La deje hablar cuanto quiso, es mejor dejar que se desahoguen, además el hablar no hace daño a nadie. En seguida se puso a mi disposición para ayudarme “contra” él en lo que hiciera falta. Por supuesto no creí nada de lo que dijo, porque siempre es la misma historia, la historia  de unos contra otros. No obstante, esa tarde se me quedó un regusto amargo de pena, de pena por mí, por el aguilucho, por la muchacha del teléfono, en definitiva por todos. Estamos jugando con fuego, y no con fuego fatuo, sino con fuego del que quema. A mis cuarenta y muchos años me pregunto cada día que hemos hecho mal o que no hemos hecho bien. Fuimos capaces de muchas cosas, grandes cosas, sacamos al país entre todos de una dictadura, hicimos una transición modélica, creamos una sociedad en la que no falta de nada, pero sin embargo no hemos sabido manejar los asuntos pequeños. Quizás con tanta prisa por hacer una sociedad cómoda y de libertades, olvidamos enseñar a nuestros hijos, no matemáticas o física, o latín o geografía, sino convivencia, compañerismo, amistad, talante, lealtad, compasión y generosidad con el de al lado.

 

Con más o menos ímpetu afrontamos nuestras vidas de la manera que nos parece más conveniente, pero conviene siempre mirar atrás, y también a la derecha y a la izquierda, porque seguramente hay otros seres vivos, que pueden rozar con nosotros. El ambicioso, intentará llegar lo más lejos posible aun a costa de otros, pero la meta es la misma para todos, la muerte, y conviene llegar a la muerte con las manos llenas de vida. Creo que esto habría que explicárselo, si a estos chicos y chicas tan rápidos y tan impetuosos, aunque creo que no se si voy a ser capaz, porque tampoco les hemos enseñado a escuchar, salvo sus propias palabras. En cualquier caso, sin acritud como decía Felipe, el aguilucho me cae bien y también la muchacha del teléfono. El odio es una angustia incesaría, y al fin y al cabo esto es solo un cuento o una fábula, sin más pretensiones. Algo para pensar un rato este fin de semana. Es la una de la tarde. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 18 grados. Creo que tanta lluvia y tan seguida no es buena para los corazones.

27-10-06.

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