Ya os dije que durante el mes de Agosto os contaría algún cuento. Luis me pide que escriba sobre el pensamiento único, pero yo aun no puedo escribir sobre algo tan complicado, ahora eso si, como os decía antes puedo contaros un cuento. Un cuento de narices, porque eso del pensamiento único tiene muchas narices… y a veces los cuentos, son algo más que una fábula. Y el cuento dice asi:
"Todos los habitantes de Equilibrio tenían la nariz aguileña.
Un día llegó al país un hombre chato y las autoridades dijeron - Qué curioso, dejémosle que barra las hojas de otoño-. Y le pusieron a barrer el bosque.
Otro día llegó una mujer con la nariz de un color distinto al de las mujeres de Equilibrio. Éstas, sorprendidas, dijeron -Qué singular, dejémosle que recoja los frutos de primavera, que los lave, los tienda, los planche, los cocine, que los pruebe y si no muere al menos nos deberá el sustento-.
En las semanas siguientes llegaron otros hombres y mujeres con apéndices nasales diferentes a las de los nativos de Equilibrio. Unos tenían la nariz más gruesa, o con nubes en la punta, o con tres agujeros, con pecas, traspasada por huesos de ave, aplastada, rugosa, alguna nariz no entendía el idioma, otra era transparente. Los que mandaban, y los que no, como ya tenían experiencia, idearon actividades para todos ellos: a unos los dejaron a la puerta de las iglesias, dando colorido a los soportales; a otros los pusieron como acompañantes de los ancianos que habían tomado la costumbre de caerse y romperse las caderas; a algunos los subieron a las copas de los árboles para avisar la llegada de las habituales riadas de invierno; a pocos, a los más listos, en fin, les convencieron para que se operasen aquellas absurdas narices y pudieran parecerse a las personas normales, las de allí de toda la vida.
Y así pasaron los meses, con cada cosa en su sitio. Hasta que un día una mujer de Equilibrio se quitó la ropa delante de un hombre con apenas nariz que limpiaba los cristales de su salón y este se comportó como no solía. A la quinta vez de romper sus compromisos de fidelidad a una novia ausente, el hombre con apenas nariz se enamoró de la mujer desnuda, tan desnuda que se le veía dentro del pecho el deseo saltando delante del aburrimiento. A los nueve meses nació el primer niño del país con nariz de emperador romano.
Otro día un hombre equilibrista caminó por calles y avenidas de la capital siguiendo unas caderas ondulantes embutidas en una estrecha falda roja. Al cabo de varias horas de admirarlas, propuso a la dueña de las caderas otras actividades complementarias a tanto ejercicio andariego. Solo después, cuando se duchaban, se dio cuenta que aquella mujer tenía una nariz de mariposa. Aún así la propuso matrimonio. Sus hijos, tres, tuvieron narices diversas, ninguno la tuvo aguileña.
Estas son solo dos historias entre tantas como ocurrieron en Equilibrio en aquella época.
En los años siguientes se produjo una gran mezcolanza de narices.
En la actualidad, como bien sabemos, ya nadie se preocupa de las narices ajenas, nadie respira, nadie huele, no hay olfato, es algo antiguo, está pasado de moda. Ahora lo que está a la última es mirar en la misma dirección, tener los ojos dirigidos al horizonte, en remoto, para conseguir así un gran ahorro energético y una concentración de ideas que impidan la dispersión, incluso la acústica. Algunos disidentes, pocos por fortuna, están pensando en cortarse las orejas. La vida sigue siendo feliz en Equilibrio."
Es solo un cuento, que nadie piense nada más… ¿O si?.
Es la una y media de la madrugada. No llueve en Pozuelo, aunque no parar de regar mi jardín y la temperatura exterior es de 24 grados. Creo que mañana bajará la temperatura, “gracias a Dios” – lo entrecomillo por que esa frase tiene una historia que algún día contaré-
01-08-07.